Era corriente que los niños jugasen en los patios sin asfalto, sin cemento, con buena manta de tierra apelmazada por el paso de los inquietos discentes. A las romas, a las canicas, a churro va, a la autopsia de animalejos infelices, a la recolecta de productos indigestos de los ralos jardincillos para probarse el estómago, al fútbol...Pero el más espectacular era l'estacaoret (la estaquita). En una cuadrícula de rayuela se iba probando la disposición, fuerza y ardites a medida que desde la misma raya de inicio se iban clavando las leznas arrojadizas (limas, destornilladores, fragmentos finos de acero de encofrar...). Se podía lanzar uno hacia adelante procurando no tocar la cuadrícula en juego, como apaches sobre colono. Los expertos lanzaban con aplomo el arma con el efecto de giro sobre su eje, como los arriscados que en el circo o en las películas de Sesión de tarde soltaban sus dagas. Impresionante fue, y todos adquirimos pericia sin herirnos, al parecer, nunca.
Notado se habrá que en el cardumen se ha entrado una que no fuera ni de niño ni para la manteca de comer, sino para otros afeites que se dieran las mujeres en el rostro antes como ahora; más espátula yesaire que navajuela de rapaz.





