jueves, 25 de febrero de 2021

RAFAEL WÍZNER Y LA NAVAJA DE SPIDERMAN

NAVAJA MACHETE DE RAFAEL WÍZNER RUIZ









La tristeza de la fiesta que se termina se agitaba en las atormentadas hojas de los plátanos de la carretera. Como solía, habían caído unas gotas que refrescaban apenas el bochorno de los días de la feria septembrina. Corría un ventorrillo caprichoso que arremolinaba los cartones de los juguetes feriados, los vasos y el ajuar pobre caídos todos en el suelo sucio de los chiringuitos.
-Vamos a lo de Natalio y nos convidamos con un limón, ¿no te parece?
Y sí le pareció a José Vizcaíno, profesor de filosofía y diletante de ventaja en lo de remover sucesos y cernir delitos.
-¿Se conoce ya algo más de lo de la arquilla? Ya sabes, Rafael, que vengo de estar unos días allá en las sierras de los...
-... de los Fiambres -y abrió labios mientras apretaba dientes el cuchillero.
-¡Fi, Fi, la, la, bres! -y engurruñó la boca desorbitando ojos mientras aguardaba la risa bullente tras el capote tendido.

Habían robado una arqueta medieval de la casa abacial del cura párraco. Datada de antes del siglo XV, había sido esmaltada, y la zoomorfa decoración de grifos conservaba pedrería rica. Al parecer,  a algún curioso apañado le había parecido buena base para adosarle un mecanismo de secreto. Contaba con una llave gótica reproducida, que giraba, movía herrajes, pero no abría.
-Lo que se sabe ya se te lo dije esta mañana cuando me llamaste. El cura de la Concepción la iba a llevar a la capital pues el obispado había aceptado la petición del patronato de no sé qué museo para que la estudiasen. Hasta radiografías le iban a hacer, o la iban a poner en no sé qué pantalla para verle las tripas.
-¿Y qué hacía en el dormitorio del párroco? –preguntó cavilando Vizcaíno-. ¿No había sitio mejor?
-La han tenido siempre en la sacristía, y solo las beatas y el sacristán sabían de ella. Ahora ya se conoce, que ha salido en televisión.

En el quiosco de la plaza de los Reyes Católicos, Natalio limpiaba las cámaras con aire desmayado. Llevaba el mandilillo roñoso de las horas que había echado allí desde que el jueves pasado el alcalde leyera un pregón que daría vergüenza al párvulo más torpe.

-¿De menta? Queremos de limón…
Y es que el heladero ponía chambi de las cuajaderas menos solicitadas, según el cliente fuera de respeto o no.

Con el paladar seco y el ansia despierta, tomaron los pasos para el casino.
-¿Y qué dice el sacristán? Porque es el que está al tanto de las llaves y sabe la distribución de las distintas cámaras, pasillos, capillas, escaleras…
-Nada, José; ese está pergamino –rio Wízner-. Es de algunas quintas antes que yo. Pero si lo debes conocer. Es de los Luceros.
-Yo qué sé –bostezó Vizcaíno-.
-Llevas aquí más tiempo que los bancos del paseo y no te enteras… ¿Tu has visto las fotografías que tienen en la sala de arriba del casino, donde se jugaba a las cartas antes?
-Ni sé que hay allí una sala.
-Pues es una de las más curiosas; se ven a los hermanos Yélamos encima de la torre de la iglesia, agarrados a una cruz de hierro que, por cierto, de resultas de una tormenta se cayó.
-¿Qué? ¿Pero qué demontre hacían?
-En esa familia se ve que no conocen el miedo a lo alto, no saben de vértigos. Cuando había que colocar teja u obrar algo en cualquier iglesia pues los llamaban. Limpiaban las ventanas también esas de los santos.
-Vidrieras, Rafael.
-Sí… ya estamos con las precisiones.
Se enfadaba en simulación Wízner amoscando al profesor.
-Pues sí, hasta desde Sevilla los llamaban, a los hermanos, a los hijos, entre ellos al Lucero sacristán, y hasta algún nieto ya se subía sin alpargatas a esos riscos del río.

Condujo Wízner al profesor José Vízcaíno a la sala superior del casino y ante la foto enmudecieron hasta que aquel continuó con las razones.
-¿Ves? –y señalaba alternativamente a no menos de ocho fotografías enmarcadas a lo barato, todas de los Luceros- ¿ves?, no tendría más de veintipocos años, era un junco con los brazos de acero. Si te das cuenta, esas cuerdas son de pleita. ¡Y anda que tomaban precauciones! Boina, alpargates de esparto y soga borriquera.
- ¿Tú crees – señalaba Vizcaíno ojiplático parando mientes en las distintas generaciones de los treparriscos- tú crees que el sacristán habrá subido al campanario?
-No puede, está gordo como una nutria. Se casó con la hija de Donato, la del horno, y no le han faltado los bollos…
-¿Los hermanos?
-Se marcharon ya hará casi sesenta años a Barcelona y solo vienen …
-… a las fiestas. ¿A que sí?
-Pero son mayores, no están para bizarrías… Los traen los hijos, ya sesentones.

Tras tomarse sendos granizados, el profesor se despidió del cuchillero y se fue al cuartel a hablar con el cabo de la judicial. Como se le hizo tarde, no llamó a Wízner sino que fue a encontrarlo por la mañana a la fragua tras no dar con él en los dos bares donde se desayunaban.
-Ya está, pero no todo.
-¿Cómo lo hicieron? Pues por la casa del cura no pudo ser, que da a la plaza y con las fiestas…
-Había una cuerda por la parte de la torre que da a los corralejos.
-Penumbrosa y solitaria. ¿Quién echó la cuerda? ¿El sacristán desde dentro?
-Sí y no. Nadie la echó desde el interior. Alguien subió y llegó hasta la alcoba del cura que, por cierto, estaba en el real convidándose.
-Pudo dejarle las llaves a otro, José.
-El cura ha declarado que con lo de la arquilla, le retiró las llaves al ama y al sacristán. El mismo cura ha sido quien le ha dado cuerda al reloj y ha subido personalmente a la torre para girar la mano del engranaje. Además, ¿quién crees que se convidaba con el cura?
-El Lucero gordo.
-Claro. El caso es que subieron a pulso por la pared de ladrillo; no han puesto clavos ni han hecho hornacinas para poner pies. A pulso.
-Como un superhéroe de las películas.
-¡No me jeringues!, ¿que tú también las ves? Sí, como el mismo Spiderman. Una vez arriba, y con la arqueta en el morral, ató un cabo y se dejó caer. Por qué dejó la cuerda atada, no lo sé…
-¿Has visto la cuerda?, que tú cuando tienes la cuerda de la curiosidad no te tienes.
-De escalada, profesional.
Calló Wízner esperando, como sabía, que su compaña se reconcentrase y alcanzase reflexión. Ocurría siempre, con más o menos dilación.
-Lo del robo está claro, pero el cabo no hará nada por el momento.
Volvió a ensimismarse y a callar. En espamos mentales se resolvía el profesor aquellas  ocasiones.
-Aparecerá. No la tiene el Relamido, a lo  que creo.
Era el Relamido receptor de mercancía robada y de antigüedades distraídas, célebre por su porte de sportmen y su epicureísmo acendrado en los estudios pardos de la universidad de la vida.

Como Vizcaíno no arrancara el magín a gusto del cuchillero, este se puso a moldear un muelle de navaja a estaje. En esas ocasiones se ponía el profesor mercurial por lo que Wízner le daba soga y suelta.


Ya de vuelta, fue a la sombrilla de una higuera tropical del paseo cuando, mientras callaban profesor y cuchillero a la espera de decidir rumbo, le sonó el móvil dichoso  a Vízcaíno.
-¿Sí? Dime Toni –le llamaba el cabo de la judicial.
-¿No me dijiste que me tendrías al tanto de lo que pescaras?
-Poca pesca, pero sí barruntos. Creo que el arca aparecerá mañana si es que no me equivoco.
-Pero ¿me acerco a lo del anticuario y le aprieto o qué?
-No estaría mal asegurarse de que no ha salido del pueblo.
-¿Y de esos escaladores del pueblo de los que te han informado? Del sacristán no hemos  averiguado nada, nada nos ha dicho. Se hace el gagá, José.
Sobre la socarronería del sacristán hablaron, pero no podían echarle el robo encima. Repetía lo mismo cada vez con variaciones en los detalles, y luego se disculpaba  por su desmemoria para la cual se tomaba pastillas. Ya el cabo le dijo si estas pastillas eran para evitarla o para provocarla.

Quedó el profesor con el cabo a las doce del día siguiente y colgó el teléfono.
-Ha sido Spiderman.
-No me vengas con sornas. Sí, ... o Superman.
-Que sí. No me muevo de que han sido los Luceros.
-No los de las fotos…
-Claro que no. Uno de los nietos de los de la foto.
-El Lucero sacristán no tiene hijos, José.
- Sí los que vienen de Barcelona.
-Devuelve lo embuchado…¿qué?
-Uno de ellos, o todos de consuno. Han querido ampliar los trofeos. Una fotografía más, puesta en…
-No en el casino. Eso es como decir que han sido ellos.
-Bueno, aun así, sería un triunfo. Imagina el titular; los Luceros protagonistas de un robo, falso pero noticioso. O en las redes sociales, todos los asnos se asoman a ese ventano.
-¿Y no se lo dices al cabo? La arqueta puede estar en peligro, se puede estropear con un golpe… ¿Vas a dejar que estos titiriteros tengan su función?
-Donde esté, está segura. Mañana, o esta noche aparecerá, antes de que se vayan los forasteros del pueblo. No es eso lo que me tiene curioso. Por cierto, en el asiento del arca hecho por el titular de la parroquia pone que tiene la llave una marca en forma de tridente...
-O de cuernos de demonio, podría ser... Yo la he visto.
-Dobles, cuernos dobles, Rafael; que están superpuestos parcialmente como los de la marca segoviana de güisqui que tiene usted trasconejada en el botellero del aparador.
Miró de soslayo al cuchillero, y dibujó una falsísima sonrisa de jóker en su cara.
-¿Quién pudo, Rafael, ponerle un mecanismo de secreto al arca? Dicen que fue un vecino de aquí.
-Nada he oído.
Fruncía los labios el cuchillero dibujándosele una estupenda uve invertida.
-Una familia de herreros y de cerrajeros. Dicen que unos eran alemanes, de los que vinieron aquí a repoblar estos desiertos hace ya algún siglo. A este pueblo llegaron, pusieron forja, y emparentaron con herreros.  Mecanismo y llave se le añadieron a la arqueta poco antes de mil novecientos.
-¿Para qué lo harían, José? –preguntaba con la más engolada candidez el cuchillero.
- ¿Encargo?  
-No lo creo, ¿cerrar el arca sin que pueda abrirse si no se está en el secreto?
-¿Para probarse?
-¿Cómo los Luceros?
-No –engurruñó hocico el profesor-, como Spiderman.

Soltaron ambos una estupenda pedorreta de bullente risa y se acaloraron lo suficiente como para tener que refrescarse.











jueves, 28 de enero de 2021

3 LOS RECUERDOS DE LA CASA III. NAVAJA DE RAFAEL WÍZNER EN MATERIAL ACRÍLICO-COUTEAU ESPAGNOL DE RAFAEL WÍZNER EN MATÉRIEL ACRYLIQUE







 LOS RECUERDOS DE LA CASA III

(CONTINUACIÓN)

     Lo miraba el cuchillero en su soliloquio y quiso este meter pizca de sensatez.
     -Cada cual pone su casa como le viene de lo suyo propio -sin propósito remedaba Wízner estilo y elevación- . Antigüedades, que no cacharros, tienen. Desde el callejón se ve un ventanón encortinado por el que asoma un santo, y las paredes con pinturas de figuras de ángeles, o yo qué sé.
     -Esos no usan su capa como sayo. ¿No has visto sus motos? Las tienen de revista, de museo.
     -¿Cambalacheo?
     -La pulcritud es miserable a veces, o siempre.
     No quiso esta vez tomar burla Wízner del prurito de elevación léxica de José Vizcaíno.
     -Así que estos se van de jira con sus motos a ... buscar. Encuentran. Por estos pueblos siempre hay quien no ve por él mismo. Los viejos venden lo que ven como cascarrias; los herederos desmantelan las casas de sus difuntos antes de malvenderlas o de renunciar a ellas por aquello de lo del impuestos de...
     -De transmisión patrimonial, Rafael.
     -Sí, eso. Si no lo compran ellos, se pierde. Los gitanos no creo que les pagaran más. Pero, ¿y los hurtos?
     -Tienes buena cabeza, Rafael. Pues quizá sean otros los que roban.
     -¿Pero para ellos?
     -Quizá, no.
     -¿Y se esconden estos de las motos? ¿De qué?, ¿de quién?
     -La competencia. Aquí el negocio de vaciado de pisos o casas no está implantado como...
     -En Cataluña, por ejemplo.
     -Estos son competencia. No sé si mejor para el paisano que para los vaciadores de pisos.
     Empinó Vizcaíno el vasillo de cristal hasta que atrapó el luquete de limón del carajillo entre los dientes. Luego insistió.
     -¿Has visto la casa por dentro?
     -Me tenías engañado, todo es por fisgar. La casa y nada más que la casa.
      Sí era Vizcaíno muy curioso pero de lo suyo, que excitaba con los estímulos diversos de la comida, del licor mesurado, de las arquitecturas, de los árboles, la poesía o los objetos.
     -¿Cómo era la suya, Rafael?
     -¡Anda, qué! ¿Y la tuya? ¿Estás royendo los granos de café?
     -Era...

     No dijo de los oros deslucidos entre galantes escenas apagadas, de refulgencias lejanísimas de meteoros en la negrura plegada de las cortinas que en casa de los abuelos hacían de puertas.

     Acabada la cavilación y el café, propuso el profesor ir a visitar en el callejón del Aire el ventanal  más historiado que había en el pueblo.
     -Por la noche, José, hay gente que se pasa  por gusto solo de ver el santo tras el cortinón, recortado en la claridad de la luz de las perillas.

     Se fueron, uno pensando en los ocres, los morados y cárdenos, los naranjas y oros mustios, las cortinas recias de verde severo, los muebles oscuros, las bombillas flojas de luz muertil, las estampas con patina enmarcadas; el otro, en la Montesa Impala.


                                            FIN










miércoles, 23 de diciembre de 2020

2 LOS RECUERDOS DE LA CASA II. NAVAJA MACHETE DE RAFAEL WÍZNER EN PALO DE HIERRO-COUTEAU ESPAGNOL DE RAFAEL WÍZNER EN BOIS DE FERRE

NAVAJA A ESTAJE DE RAFAEL WÍZNER EN PALO DE HIERRO
















 LOS RECUERDOS DE LA CASA II
(CONTINUACIÓN)

     Cuando llegó el cuchillero al casino, ya se movía impacientado José Vízcaíno.
     -Un carajillo de brandy quemado con corteza de limón.
   -¿Y para Rafael? -preguntaba el camarero suplente del casino, que ya tenía calados a los dos.
     -Para mí un cortadillo, que yo no soy tan moderno -entonó rijoso el cuchillero para disculpar la ligera tardanza.
     -Bueno, José; ¿qué hay?
     -El cabo de la judicial me ha dicho que los tiros no van por lo del motocarro de los motoristas catalanomanchegos. Los del Seprona los pararon.
     Se detuvo el relator mientras le ponían los cafés en el mármol. Aprovecharon el silencio uno y otro para endulzarlo, removerlo y probar temperatura con el belfo.
     -¿Y? Venga, José...que me enfrío.
     -Bajo el toldo, nada.
     Volvía a su carajillo José, que sabía excitar curiosidades tanto como el otro chancearse de los términos que tan a menudo soltaba el profesor.
     -Nada, digo. Un tocador-lavabo, estampas religiosas enmarcadas, cortinajes recios, cantareras, sillas de aneas... Más viejo que antiguo. Nada.
     -No tengas cortedades conmigo. Tienes silencios de novia enfadada -y afectaba seriedad el cuchillero desmentida por la vivísima luz verde en sus ojos.
     -Y florones de escayola, y molduras de flores, y baldosas vidriadas con dragones, y romanas, y aldabas, y solería entera, y...
     -Anda que no gustas de las listas; te embalas como aleluyero. Pero si los civiles no los han pillado, qué rumias.
      -De cinco o seis veces, solo encontraron el cajón del motocarro colmado una, en el cruce ese de las Vistillas; las demás, de vacío, o con cascarrias misérrimas según los guardia civiles.
     -Pero por ahí tanto se puede venir al pueblo, como salir. Si van al casón donde paran, no es lo más corto... Y además, los civiles...
     - No estudiaron bellas artes, ya.
     Se tomaba Vizcaíno con la mano izquierda los mofletes y se le afilaba el morro antes de continuar.
     -Conocerás la casa... ¿Cuántas puertas tiene? -interrumpió Vizcaíno-. ¿La has visto por dentro?
     -Si te refieres a las de la calle, dos...; no, tres -rectificó el cuchillero-. La grande da a un patio de cantos, se ve cuando alguna vez a las ciento la abren. Al lado hay otra más menuda, sin cuarterones, que jamás se ha visto que se abra, al menos yo no.
       -¿Y la tercera? ¿Por dónde entran?
     -Por el callejón del Aire, a la izquierda de la fachada. Es una puerta vieja, no antigua -empleó Wízner lo mismos términos del profesor, quizá con sorna-. Tiene hasta un timbre puesto ya por la tía Ramona.
     Llegaba hasta el ámbito del casino en oleadas las solemnidades de las campanadas del ermitorio de San Salvador, que daban las siete.
     -Y Aldabas -cayera un grueso canto en el pozo de aguar cuyo estrépito undoso reverberó en la oquedad cavernosa de la garganta.
     Enmudeció el profesor, extático, en una fulguración que lo cegaba.
     -No te traspongas, José. ¿Qué has resuelto?
   -¡Aldabas! ¿Para qué puertas? Con una, y aún con ninguna se remediaban. Florones. ¿Para un corral? Solerías. ¿Sobre un cantal?

En el aire quieto del casino se desleían los reverberos sonoros de las campanadas recientes y moría queda la íntima vibración en las columnas forjadas, en los pies fríos de las mesas, en el ánima foliar de la chimenea muerta y, en fin, en todo el hierro manoseado de sostén o aderezo.

(CONTINUARÁ)










viernes, 27 de noviembre de 2020

1 LOS RECUERDOS DE LA CASA I. NAVAJA A ESTAJE DE RAFAEL WÍZNER CON CACHAS DE BOCOTE-COUTEAU ESPAGNOL DE RAFAEL WÍZNER EN BOGOTE.




NAVAJA A ESTAJE EN BOCOTE
DE RAFAEL WÍZNER











 LOS RECUERDOS DE LA CASA I

     Lo vio venir Wízner a Vizcaíno anadeando, teniéndose el vientre con la zurda, y con la diestra en movimiento de remolino, templando el propio sentir de su cuerpo.
  Sabía el cuchillero que el profesor padecía dispepsias estacionales, bien en la pascua de navidad, bien en la de  resurrección, cuando venía de sus esporádicas idas a las Alpujarras donde vivaqueaba en casa de unos parientes que le tenían guardada matanza...
     -¿Qué ha sido, que te veo contenido?
   -Ni más ni menos que tres boniatos asados, hermosos; media calabaza de miel asada...
     -¿Solo? Venga...
    -Y una sartenada de castañas. Castaña, y cucharada de pulpa tibia con regusto de caramelo.
     -O sea: tres cuartos de quilo de castañas.
     -Si no más.
     -Ya va saliendo. ¿Empujadas?
     -Sí
     -No me seas mostrenco.¿Con qué?
     -Pedro Ximénez.
     Les sirvió la pesadez gástrica de José Vízcaíno para echar la vista a las castañadas, a las familias que se remediaban con un lebrillo lleno de ese fruto cabe la lumbre.
     Pero habían quedado esa tarde a petición del profesor para que el cuchillero informase al afanoso imprudente -tal lo llamaba Wízner por una vez que lo oyó definirse así- de una serie de hurtos que habían alzado escama en el pueblo.
     -Roban -se explicaba Wízner- en las casas antiguas.
     -Viejas -le corrigió Vizcaíno.
   -En antiguas, digo bien, y en las viejas también. Han faltado aperos en las del campo. Arados de reja, horcas, rejas de ventanas, repujes metálicos de portalones, lozas, trébedes. Se han llevado hasta las tejas en la de Ramón Genaro.
     En esas se estaban cuando se vieron en las últimas casas antes de las vides. Como no habían quedado para paseo higiénico detuviéronse en la inclinada sombra de la albardilla de un tapial.
     -Vamos a reposarnos -y el profesor señalaba al cuchillero el poyo corrido que se acababa en un pilar de abrevarse las bestias.
    Como se quedaran atentos solo a sí mismos, cuando oyeron el indercadente petardeo de una moto, ambos la fijaron con la mirada.
     -¿Y ese? ¡Anda que el capricho!
Pasaban dos motoristas con sendas motos.
     -De esas, Rafael, ya no se ven. Una Montesa Impala, la primera; y la segunda, una Ossa.
     -Esos son catalanes; bueno, catalanes manchegos. Son de los Montera, padre e hijo. Paran en un casón de la calle San Roque, de herencia de una tía.
     Como el profesor no pegaba hilo, continuaba Wízner con la relación.
     -Eran muchos hermanos, una de ellos, la tía Ramona, casó con uno de los Perrillas, que tenía mucha hacienda. Mientras ella engordaba, sus hermanos se quebraban trabajando por el jornal miserable. Fíjate, José, que cuando iba a llevar la limosna al cura, se cruzaba con sus sobrinos que andaban descalzos.
     -¡Es que...!- se indignaba con sordina Vizcaíno.
     -Traspusieron a esos Barcelonas. Allí dicen que se han defendido bien en la obra.
     -Ya se los ve. Van muy puestos. Todo el arreo que llevan en la moto, el casco, la chupa, los guantes, las botas...Las propias motos. Las tienen maqueadas. Llevan hasta el cilindro donde se ponía parte de la documentación.
    -Sí, esos las restauran.
    -O las mandan restaurar.
     Por el poniente, ante sí, la lechosa claridad de la labrantía se iba difuminando en robines.
    -Están todo el día, desde que vinieron, con el culo en movimiento. O con las motos, o con un motocarro que alquilan y que traen con la carga entoldada.... ¿No te dice nada tu olfato? En el pueblo. ya se habla.
     Nada concluyó el profesor, que en aquellas fechas le entraba la melancolía de la tierra. Si la primavera allí defraudaba, no así, para él , la otoñada con las orlas de morados, naranjas y luces en tamiz.

     Movió Vizcaíno la mandibula hoyada indicándole a Wízner horizonte. En los lomazos leves, los hilos negros de las vides corrían entrecruzándose, y quedaban recortadas irregulares y difusas geometrías de claridades.

CONTINUARÁ


     NAVAJA A ESTAJE DE RAFAEL WÍZNER EN MADERA DE BOCOTE













viernes, 30 de octubre de 2020

2 NAVAJAS CON CACHAS DE PISTO-COUTEAUX ESPAGNOLS


 NAVAJAS DE FRANCISCO VALENCIA Y DE JJ. MARTÍNEZ CON CACHAS DE PISTO




(continuación)

-¡Pisto! -soltaron en exclamación unánime.
Tras soltar las tapas de las fiambreras, se dejó ver el contenido, que ambos mutuamente se enseñaron.

-Ahora son tortillas lo que todo el mundo se lleva de almuerzo, sola o con engañifa, pero tortilla -empezó Wízner la conversación calma una vez limpias las piedras de asiento para evitar las culeras.
-Es verdad, Rafael; todo el mundo come huevos, como si no supieran que sale del culo de la gallina.
-Que no son muy limpias, por cierto...
-Mira, mi madre no consentía en comerlos nunca, y tenía incluso un pocillo reservado para batirlos, que capaz era de oler donde los habían cascado.
-Eran cosa de señoritos.
- A nosotros nos los regalaba Doña Anita, la que nos arrendaba la tierra; y en ocasiones de festividad mayor, y porque mi madre le trabajaba en casa -entró en explicaciones Plinio.
-No le gustan mucho, al parecer...
-Maleza, un guardia que estuvo a mi servicio, tenía una chanza con las gallinas que contaba sin darle pie. Resulta que en una precisión por haberse atracado de habas fue al corral con el culo apretado y empujando puertas. Soltó, con perdón, la carga entre la que se distinguían a la perfección los granos enterizos de habas. Recién abatidos los calzones, un corro de gallinas desvergonzadas porfiaban por picar las sucias habas.
-Deje usted, deje...-afectaba melindres Wízner.

Pusieron en común las viandas y sobre matas de romero depositaron dos gruesos cantos de pan de miga prieta y muelle. La de Wízner tenía entre el pisto, magras de cerdo; la de Plinio, dos paletillas de conejo. De las dos comieron tajadas, pero se reservaron para atacar el pisto suculento de las fiambreras propias. Mataban los silencios con espantarse alguna moscarda de sí y de la comida, y pegaban hebra ofreciéndose la bota.

-De pisto yo hacía navajas, pero eso era hace no menos de cincuenta años...
-Veo ahora que la comida le lleva al recuerdo, a mí a las gallinas, a usted a sus constantes navajas.
-Ha sido lo mío, Manuel.

Y con la punta de una navaja de estaje pinchaban pellizcos de pan que sin ceremonias sumergían entre irregulares trozos de pimiento verde o amarillo, de calabacín en confite, de berenjena cárdena, de cristales de cebolla, y de tomate púrpura. En las fiambreras la luz quedaba retenida, entre reverberos azules de las latas.